Ve'lha pa Cristo, solo Él
- Las Oblatas

- hace 2 días
- 3 Min. de lectura
Cien años de presencia oblata en el Chaco paraguayo.
Llegar al Chaco paraguayo es entrar en una tierra que habla al corazón. El calor, las largas distancias, los caminos sin fin, el mucho polvo, el silencio y, sobre todo, los rostros de su gente nos fueron preparando interiormente para vivir algo diferente, algo especial. Fue una verdadera experiencia de encuentro, de fe compartida y de gratitud profunda por la obra que Dios ha ido realizando, a través de los Oblatos, en estos cien años de su presencia en esta tierra.

Desde el primer momento, fue un constante asomarnos a una historia tejida con entrega, sacrificio y esperanza, de tantos oblatos que han dejado y siguen dejando huella en los corazones del pueblo nivaclé. Y aunque ha pasado ya casi un mes desde que concluimos la misión junto a los oblatos en el Chaco paraguayo, lo vivido allí, en tan pocos días, sigue vibrando muy fuerte en el corazón.

Después de varias celebraciones que compartimos esos días en Asunción, nos dirigimos al Chaco paraguayo, donde comenzó la historia de los oblatos en Paraguay. Allí, junto con muchos oblatos, laicos oblatos de diferentes lugares y algunos jóvenes nivaclé, compartimos días llenos de gracia junto a las comunidades que son semilla viva, que sigue brotando y dando fruto después de estos cien años.
Han sido varias comunidades y tantos rostros concretos que hemos podido conocer en estos días. Fueron días de compartir la vida cotidiana, visitar a las familias, escuchar sus historias y rezar juntos. Cada visita, cada encuentro, nos ha ido tocando el corazón. Aprendimos a escuchar sin prisa, a valorar lo pequeño y a reconocer a Dios presente en lo más sencillo.
No puedo olvidar los momentos compartidos con la comunidad de Santa Rosa, una comunidad que ha sufrido mucho, ya que tuvo que abandonar su tierra y sus casas simplemente porque no querían renunciar a su fe. Eligieron seguir a Cristo, solamente a Él, y eso ha supuesto para ellos renunciar a todo.

No tienen capilla; realizan sus celebraciones de la Palabra en un descampado, donde colocaron una mesa que sirve de altar y una cruz. Cuando se reúnen para la celebración, cada uno viene con su silla, porque no hay bancas para sentarse.
No tienen agua potable; sus casitas son muy sencillas, hechas de madera, tablas o de lo que tengan. Aun en medio de esta realidad que viven, no dudan de que Dios siempre les acompaña, les cuida y les ama.
Me impactaba mucho que, cuando fuimos a visitarles a sus casitas para compartir un rato con ellos y rezar juntos, todos los niños venían con nosotros. En la Eucaristía que celebramos en esta comunidad, junto a mí estaba sentado un niño que cantaba con tanta fuerza y fe esta canción: Ve'lha pa Cristo, ve'lha lhavaatsha ( "Solamente Cristo, solo Él"). Esta comunidad, los nivaclé, me enseñaron tanto en tan pocos días que solo puedo agradecer. Los pobres verdaderamente nos evangelizan, como decía san Eugenio.
Finalmente, con la celebración de la Eucaristía por los cien años de la presencia oblata en esta tierra, en la comunidad de San José Estero, lugar donde los primeros cinco oblatos iniciaron la misión, fuimos culminando esta experiencia. Celebrar allí, en ese lugar tan sencillo, pero cargado de memoria, nos ayudó a tomar conciencia de la fuerza del carisma oblato encarnado en la vida concreta de estas comunidades.

Fue profundamente conmovedor ver la pequeña iglesia llena de las comunidades nivaclé con las que los oblatos continúan caminando y trabajando. Nos impactó contemplar esos rostros atentos, sus cantos, sus silencios orantes y su manera tan natural de vivir la fe.
Su fe, tan sencilla y a la vez tan profunda, muestra un deseo sincero de seguir caminando con Cristo junto a la comunidad oblata. Ellos son el fruto visible de estos cien años de presencia misionera y del trabajo silencioso y constante de tantos oblatos.
Volvimos a Perú y a nuestra misión con el corazón agradecido, convencidas de que el carisma oblato sigue vivo y fecundo, y de que estos cien años no son solo memoria del pasado, sino un impulso renovado para seguir anunciando el Evangelio entre los más pobres, caminando juntos, con esperanza y fidelidad, hacia Dios.
Kasia, OMI
Bambamarca (Perú)














Comentarios