La acogida y hospitalidad son nuestro modo de evangelizar

y a la vez signos proféticos que responden a las necesidades de salvación del mundo de hoy.  

Siempre cerca

de la gente

el carisma oblato heredado de San Eugenio

Como Misioneras Oblatas participamos del carisma que el Espíritu Santo inspiró

en el corazón de san Eugenio de Mazenod hace ya más de 200 años. El carisma recibido se extendió muy rápidamente por todo el mundo, buscando ante todo la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Es un don para toda la Iglesia y también para nosotras que formamos parte de la familia oblata.


Cada una de nosotras sintió deseo de poder vivir este carisma desde nuestro ser mujeres.

Esto ha sido posible gracias a la disponibilidad de las primeras hermanas que no dudaron en comenzar algo nuevo. Hoy, nos sentimos llamadas a vivir y actualizar el carisma oblato en las circunstancias concretas en las que nos encontramos. 

¿Quién era San Eugenio?

Nace en Aix-en-Provence el día 1 de agosto de 1782. Como niño vive una vida muy cómoda y de mucho lujo perteneciendo a una familia aristocrática, pero desde muy pequeño tuvo una sensibilidad muy fuerte con las necesidades de los demás. Todo cambia con la llegada de la Revolución Francesa. Obligado a huir de Francia, llega a Italia dónde pasa la mayor parte de su infancia. Los primeros años de su vida en el destierro son muy aburridos, hasta que se encuentra con el don Bartolo Zinelli, que influye en en su educación.

Eugenio no renuncia tan fácilmente su estatus social como aristócrata, de hecho quiere comportarse como tal, buscando la felicidad en los placeres de la vida. Abandonado por sus padres va conociendo la vida a base de golpes, que le hacen crecer y madurar.


 

Desde ahora su vida cambia por completo. Se siente profundamente amado por Dios que toca su corazón y hace que encuentre el verdadero sentido de su vida. Ya no busca las riquezas de este mundo, porque ha encontrado la riqueza de su corazón, que es Cristo. Por él lo deja todo, porque se siente llamado a salir al encuentro de los más pobres y abandonados.

Después de ser ordenado sacerdote dedica todas sus fuerzas para evangelizar a la gente sencilla, entre ellos busca a los jóvenes. Pronto se da cuenta, que solo no es capaz de responder a sus necesidades. Busca a algunos compañeros sacerdotes con los que funda una noble empresa, a la que llama Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Muy pronto llega a expandirse por todo el mundo.

Su vida es el reflejo que lo que Dios ha hecho en él. Como fundador, obispo, pero sobre todo como padre de tantos oblatos nos invita a dejarnos en las manos de Dios, porque es así como su vida llega a la plenitud.

 

Las Oblatas vivimos:

Con Cristo Salvador

Nuestro celo misionero nace del estar profundamente enraizadas en Cristo, que nos impulsa a proclamar a los demás lo que hemos vivido y experimentado en nuestra propia vida. 

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