“Compartiendo mutuamente lo que son y lo que tienen” (C.39)
- Theresa Rautenberg
- 25 ene
- 2 Min. de lectura
Esta frase de nuestra constitución 39, en pocas palabras, puede expresar lo que es la vida comunitaria. Lo que compartimos cada día es ese gran regalo que Dios nos ha hecho, cuando, como a los apóstoles, nos ha dicho: “Ven y sígueme”.
Cuando se siente esta llamada de Dios, de seguirle cada día con lo que soy y tengo, para conocerle más y dejarle vivir en mí, es cierto que es una llamada personal, pero en ese camino diario Él nos regala hermanas que nos alientan, nos sostienen, nos ayudan a crecer como personas y en nuestra vocación.
“Compartimos lo que somos y tenemos”: los dones que Dios ha regalado a cada una, el modo de ser, de ver las cosas, de hacer, de pensar… Todo eso nos hace diferentes, pero ahí está la mayor riqueza, cuando dejamos que Dios esté en el centro de la comunidad día tras día, porque es Él el que nos une; es a Él a quien tenemos que ver cuando miramos a nuestro alrededor, cuando miramos a la hermana.

En este día en el que celebramos la fiesta de la primera comunidad oblata, recordamos también que la comunidad es el lugar en el que Dios nos llama a vivir nuestra entrega diaria. Es en ella y con ella donde compartimos lo que vivimos en la misión, nuestras alegrías y también nuestras dificultades, donde aprendemos que no siempre es fácil la entrega, pero cuando es Dios el que nos une, todo se puede con Él, porque Él nos va moldeando directamente y a través de los demás.

Hay algo que siempre me llama la atención y que es reflejo de esa presencia de Dios en medio de nuestra vida y de nuestra entrega, de lo que somos y entregamos, con nuestras limitaciones, pero con el deseo de que otros puedan encontrar y vivir lo que nosotros hemos experimentado. Es el espíritu de familia, de acogida, que las personas sienten entre nosotras y que expresan sencillamente con palabras como: “Aquí me siento en casa”. Ese sentirse en casa es algo que personalmente he tenido la suerte de vivir dentro del carisma oblato desde el primer momento, tanto con mis hermanas como con mis hermanos oblatos, y las personas con las que compartimos el carisma, y por lo que doy gracias a Dios.
Sin duda, San Eugenio, desde el cielo, se siente orgulloso de ver cómo, su preciosa herencia, toma vida cada día, como sentimos ese deseo de vivir la caridad entre nosotros, con todo lo que somos y tenemos, pero dejando que Dios siga haciendo su obra, con ternura y cariño, en cada uno, porque para Él nada hay imposible.

Asun Hinojosa, omi




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