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¿Somos "paso" de Dios en la historia?

Escuchamos a Eugenio a principios del s. XIX: “La Iglesia, preciada herencia que el Salvador adquirió a costa de su sangre, ha sido en sus días atrozmente devastada. Esta querida Esposa del Hijo de Dios llora aterrorizada …”. Esta realidad de sufrimiento, dolor, oscuridad, tristeza, llanto que percibe Eugenio en la Iglesia y mundo de su tiempo, no es tan ajena a la realidad de nuestro tiempo: en aquel entonces, con un contexto de crisis y de muerte, hoy con nuestro contexto de crisis y de muerte. Un mundo que podemos identificar en “Sábado Santo”.

Ante aquel escenario de “Sábado Santo”, brotan estas desgarradoras palabras recogidas en el Prefacio de 1818. Eugenio se conmovió. Aquí reconocemos su corazón humanamente apasionado y enamorado de Jesucristo, su mirada atravesada por la mirada del Salvador en la cruz y sus brazos abiertos para acoger a tantos hijos que no reconocen su dignidad humana y de hijos de Dios. Se dejó tocar… ¿y nosotros, nos dejamos tocar en nuestro “sábado santo”?


Comenzamos a celebrar este Misterio pascual. Me permito tomar unas notas de un misionero oblato del Senegal, el P. Bruno Favero, que nos adentran a este misterio:[1]

“En el Sábado Santo, es el silencio de la muerte el que parece imponer su dominio, ya que en la vida del hombre todo termina en la muerte, incluso el hombre Dios parece incapaz de escapar a la cruel ley de la muerte. La oscuridad de la tumba, la extrema soledad, la corrupción que se avecina, la ley de la muerte es soberana.
Así es el escenario del Sábado Santo, así es el escenario de muchos corazones que ya no ven, que ya no entienden, así es el silencio de los que ya no tienen fe, que han perdido la esperanza, que se dejan llevar por un régimen de muerte. El silencio de Dios se parece mucho a la experiencia de un hombre que va a tientas en la oscuridad y ha perdido toda orientación. (…)
Una presencia está presente en tal escenario de la muerte, del sepulcro, la de María, ella estaba allí al pie de la Cruz, de pie, petrificada en su dolor y sin embargo presente, para vivir hasta el final la pasión de su Hijo, y también su propia pasión. María está ahí, una presencia, que no cambia la dramática muerte de Cristo, pero que puede tranquilizarnos, al menos un poco. Ella está ahí, portadora de una fe inquebrantable, guardiana de un secreto esencial que tuvo lugar entre ella y el Espíritu el día de la encarnación.
María está tan habitada por el silencio que no se sorprende hoy; le da tiempo a Dios para que lleve a cabo su plan, porque sabe que detrás de este silencio se está preparando un grito de alegría, el aleluya pascual. Así, el silencio de Dios se transforma en un estallido de alegría, la alegría de la resurrección. ¿Quieres escuchar este grito? ¿Quieres gritar? ¿Quieres participar en esta alegría? Entra en la Pascua, conviértete tú mismo en Pascua”.

Hoy es la Pascua. Hemos cantado el grito del Aleluya desde la liturgia que celebramos. Verdaderamente, ¿cómo hemos entrado en ella? ¿Somos “pascua” de Cristo, es decir, “paso” de Dios en la historia? Solo es posible por obra del Espíritu en nosotros, como en María. Al inicio de la vida de Jesús, Dios entró de modo decisivo en nuestra historia: el Hijo pasa del Padre a nuestro mundo. Ese paso fue posible por el Sí de María. Su fe y libertad lo acogen. Y en su camino creyente, lo va a acompañar hasta el culmen de su paso de nuevo hacia el Padre (cf Jn 13,1). De la muerte de Jesús hasta su resurrección, hay un silencio, una espera.


Para los discípulos, una experiencia de ruptura, derrota y fracaso, la impotencia sentida de la muerte ante las esperanzas de un pueblo naciente que cayeron bajo la Cruz. En cambio, para María, este mismo tiempo es el de la fidelidad en la fe y la esperanza, el de la espera contra viento y marea.

Porque, ¿qué significa "esperar" cuando todo ha terminado tan mal? Esperar y permanecer fieles en un mundo donde Dios está muerto. Si miro a María en la imagen de la Piedad, el Hijo muerto en sus brazos y lo que supondría acompañar a su Hijo al sepulcro, siento un corazón desgarrado en un silencio jamás imaginado. Sin embargo, se mantuvo firme, en pie. En ella, “pasó” el misterio de Dios, y creyó en las palabras de su maestro: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn 16, 20).

Tras un largo camino en Nazaret, aprendió a guardar en el corazón todo lo que vivía con su Hijo, y que sobrepasaba su pequeñez, en su mente, cuerpo y corazón de mujer nazarena de su tiempo. Esta escuela de los “anawin” en la fe, la esperanza y la caridad fue la semilla de las Bienaventuranzas en el corazón de ese mundo de Israel. Estas son los “pasos” concretos con los que nos sentimos identificados como evangelio de nuestro tiempo. “Creciendo en la fe, la esperanza y el amor, nos comprometemos a ser levadura de las Bienaventuranzas en el corazón del mundo” (cf. C.11).















No es una actitud voluntarista, sino de reconocer los signos que nos interpelan. Uno de éstos lo vivimos este Domingo de Pascua: en medio de la comunidad parroquial vallecana, entró un herido de nuestro tiempo, anciano, buscando, perdido, sin nada que ofrecer, sin orientación, sin aparente dignidad, totalmente desnudo, menesteroso, solo, absolutamente solo. Llegó justo antes de la Consagración y se quedo en pie ante el altar: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Ante su pobreza encarnada en su rostro y cuerpo desnudo, manso y humilde, el gesto de algunas de las mujeres de la comunidad fue el de acercarse, con infinita ternura, y revestirle de su dignidad. Se buscó un alba que le cubrió y nos recordó a toda la comunidad, la dignidad recibida en su Iglesia, de aquel a quien contemplábamos en la Eucaristía.


El eco de las palabras de Eugenio resonaron fuerte en mi corazón: “Pobres de Jesucristo, afligidos, desgraciados, sufrientes, enfermos…mis queridos hermanos…Sois hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, los herederos de su reino eterno, la porción elegida de su heredad…sois reyes, sois sacerdotes, sois de algún modo dioses” (cf. Sermón de la Magdalena).


Dios pasa y hace silencio. Y a la espera del Espíritu con María, su Iglesia está convocada a creer, esperar y amar a Aquel que vive por los siglos de los siglos.



Irene omi


[1] Traducción del documento en DeepL

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