¡Feliz año!

Las primeras palabras que me salen hoy del corazón son ¡Feliz año! y ¡Gracias! por el año que ha terminado y por el nuevo que comienza. Unas simples campanadas nos dan el paso de un antes y un ahora, de un pasado y un presente. Mi vida toma un sentido nuevo hacia la alegría y la esperanza de seguir por senderos que iluminan la misión que el mismo Dios me ha encomendado.


El Misterio encarnado desde la humildad y sencillez me hace pensar, sentir, compartir que algo nuevo quiero vivir. Los propósitos, las novedades, las ilusiones, los deseos trascurre por mi mente. Es bueno agradecer lo vivido y pedir perdón por aquello que no he sabido responder y acoger. María acogía y guardaba todas las cosas en su corazón. Mi actitud y mi compromiso este año es de acoger a ese Niño presente en muchos rostros concretos, acompañar la vida del prójimo y acariciar con ternura las adversidades y las contrariedades del mundo. Quisiera compartir con vosotros esta pequeña oración.


Madre de la ternura, que acaricias con dulzura al hijo engendrado.

Madre de la palabra, que nos muestra a la verdad plena.

Madre del si, que nos enseñas a caminar sin vacilar.

Madre de la vida, que nos da al hijo para enriquecer y madurar nuestra vida cristiana.

Madre obediente, que nos guías por senderos abiertos de entrega por amor.

Madre del silencio, que guardas en tu corazón interior el sufrimiento del prójimo.

Madre discípula, enviada por el ángel a estar disponible desde la entrega dichosa y servicial.

Madre de Dios, que desde la oscuridad de Belén iluminas el corazón del hombre.

Madre nuestra, sencilla y humilde.



Vito omi

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