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Un viaje con Dios

6 días, 4 equipos, muchas acciones, muchas impresiones, un Dios.

En el campamento en el Nikolauskloster estuvimos un grupo de unos 30 niños y niñas, incluido un equipo de monitores. Éramos tan diferentes como los continentes a los que visitábamos: diferentes edades, diferentes aficiones, unos más ruidosos y otros más tranquilos. A veces había discusiones pero luego volvía la paz. Cada día vivíamos muchas experiencias y teníamos la impresión de aprender mucho sobre los demás y sobre Dios. Esto con los niños se ve muy rápido ya que te muestran y te dicen lo que piensan, lo que sienten sin filtros. Pues así lo dijo Jesús, que el Reino de los cielos pertenece a los niños; porque ellos lo permiten, simplemente lo aceptan y no "lo piensan" antes y no sólo ven las nubes, sino también el azul del cielo.

Teníamos todo tipo de actividades, desde ir a la piscina hasta hacer sonajeros, jugar a juegos de mesa o cocinar juntos. Todo el mundo se podía aficionar por algo. Por la noche, todos (¡incluidos los monitores!) caían en la cama exhaustos pero contentos.

No sólo las actividades eran variadas sino también el acercamiento a Dios, en la iglesia con mucho esplendor, a través de una vela muy suave y en los demás. Podíamos cantarle en voz alta, aprender algo sobre Él y su Palabra, o simplemente sentirnos aceptados por Él en la Adoración Eucarística.


A pesar de todas las diferencias todos trabajamos juntos. Se necesitaba espíritu de equipo, nadie habría podido conseguir nada luchando en solitario, ni los niños ni el equipo de monitores. Y para mí, está claro que nuestro Dios fue el puente por el que pudimos acercarnos a los demás mejor y más fácilmente.


¿No me crees? Pues experimenta por ti mismo en la vida cotidiana lo liberador que es ser hijo e hija de Dios.



Anna-Lena, monitora - joven de Alemania

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