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“Mujeres miróforas... ¡Alegraos!

  • hace 1 día
  • 4 Min. de lectura

Hace unos días tuve un encuentro con una hermana que me hablaba de su búsqueda de los signos de la Resurrección. Me hizo pensar: ¿Cómo está siendo mi búsqueda del Resucitado? ¿Cuáles son los signos que reconozco en esta Pascua? ¿Cómo son significativos los que son testigos de la resurrección de Jesús?


Comenzamos el tiempo de Pascua, escuchando relatos sobre encuentros del Resucitado con sus discípulos, con las mujeres. Ellas son las primeras destinatarias de estos encuentros, incluso antes que los apóstoles. Ellas iban en busca de un muerto al que embalsamar con ungüentos y perfumes. Ellas, a pesar de su impotencia, se abren paso en medio de la oscuridad, con las manos llenas de perfume hacia ese sepulcro donde reposaba el cuerpo de Jesús. Ellas son las “mujeres miróforas”, portadoras de aromas, tal y como se conocen en la tradición cristiana oriental. Ellas hoy son para nosotros una escuela de testigos: mujeres que permanecieron fieles al maestro durante su camino en su vida pública, aún en medio de las incomprensiones y adversidades, hasta la pasión y muerte en Cruz. Y no quedan encerradas, sino que el mismo amor acogido del maestro les lleva al sepulcro. Ellas son expresión del cuidado y amor a Cristo en su carne.



Hoy día estas mujeres, ¿de qué son signo? Ellas son las primeras de tantas en la historia que han entregado su vida portando aromas de esperanza y cuidado hacia lugares donde “huele mal”: hacia muchos que se sienten dolidos y rotos en su cuerpo y espíritu, donde no hay consuelo y sí hay mucha soledad, donde hay enfermedad y muerte, donde muchos no quieren ir porque aparentemente ya no se puede hacer nada, donde la dignidad humana está quebrada, donde la paz es un deseo que parece que nunca llega y la ansiedad desgasta, donde el desamor, el maltrato y el abuso son heridas de tantas historias personales y familiares, y se podrían seguir añadiendo “sepulcros” donde aparentemente ya no hay vida ni esperanza.


Sin embargo, ese cuidado lleno de amor hasta el final se torna en encuentro y envío misionero. Son las que reciben el regalo del encuentro con Cristo Resucitado en el alba del primer domingo. Ellas, al percatarse de que la piedra estaba corrida y al entrar vieron a un joven vestido de blanco que les anunciaba: “No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí” (Mc 16,6), salieron corriendo, en medio del asombro, llenas de miedo y temor. Llama la atención cómo estas mujeres, aún en medio de la tristeza y desánimo, y del temor y temblor por el asombro del sepulcro vacío, no se quedan encerradas ni paralizadas, sino que salieron corriendo a anunciar lo que habían visto y oído. Verdaderas misioneras, auténticas “mujeres apostólicas” (como decimos en nuestra C 46) movidas por la Buena Noticia del triunfo de la Vida sobre la muerte, del amor sobre el pecado, se convierten en verdaderos testigos de esperanza.


Y en su camino, Jesús sale al encuentro y les dice: “¡Alegraos!”. También hoy podemos escuchar esta voz que nos sale al encuentro en nuestro camino, como nosotras lo escuchamos de modo especial en nuestro encuentro capitular de la Navidad del 2025. Aquí experimentamos que Jesús está vivo entre nosotras, “a través de la oración, escucha mutua, el diálogo y compartir y experimentar una comunión en llamadas y propuestas”. “Podemos confiar que, viviendo de manera audaz, superando nuestros miedos, Jesús nuestro centro común, sale también a nuestro encuentro y nos dice a todas: “Alegraos” (Discurso de clausura del V Capítulo general, hna. Katharina Ramrath, Superiora general).


Hacer memoria como Instituto y depositar una mirada creyente en el futuro, nos ayuda a descubrir signos de resurrección. En nuestro último Capítulo, vivimos un tiempo Pascual: reconocimos frutos que expresan la fecundidad de nuestra vida consagrada y misionera, y llamadas en un horizonte a seguir creciendo, en especial en la misión del Salvador, crucificado y resucitado. Algunos de ellos expresados en nuestro documento inspirador de este V Capítulo nos hacen reconocer la Pascua hoy:


“El crecimiento de las personas a las que nos sentimos enviadas y acompañamos con el deseo de que reconozcan su dignidad de seres humanos e hijos de Dios”
“Llegar a ser comunidades evangelizadoras a través de la unidad y acogida al servicio de los pobres”
El deseo “que nuestro testimonio de vida sea signo profético en el mundo” transmitiendo alegría, santidad de vida y comunión.

Para seguir creciendo en frutos como “mujeres apostólicas”, vayamos tras las huellas de estas “mujeres miróforas”. Con ellas podemos celebrar juntas y danzar al unísono, mientras se oye este himno bizantino:  


“Que tu lengua, mujer, proclame públicamente estas cosas

y las haga conocer a los hijos del reino que está esperando que me levante

yo que soy el viviente.

He encontrado en ti la trompeta con un sonido poderoso.

Haz escuchar a los oídos de los discípulos miedosos y escondidos un canto de paz.

Despiértalos como de un sueño

para que puedan salir a mi encuentro con las antorchas encendidas.

Diles: “El Esposo se ha despertado y ha salido del sepulcro sin dejar nada allí dentro.

Despejad, apóstoles, vuestra tristeza mortal,

porque se ha despertado el que a los caídos da la resurrección”.

 

“Levantad vuestros corazones, Cristo ha resucitado.

Formemos coros para danzar y decid con nosotras: el Señor ha vuelto a la vida.

He aquí la luz que brilla antes de la aurora.

No os entristezcáis. Reverdeced.

Ha aparecido la primavera, cubríos de flores, o ramos.

Tenéis que ser portadores de frutos, no de penas.

Aplaudamos todos con nuestras manos cantando:

“Ha vuelto a la vida el que a los caídos da la Resurrección”

(Extracto de un himno bizantino de Romano el Melode)

 
 
 

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