top of page

La semilla que Dios sembró está germinando - primeros votos de Myrian omi

  • hace 15 horas
  • 3 min de lectura

​Al llegar a este punto de mi vida, tras dar un «sí» concreto a Dios, con mis primeros votos que hice el sábado pasado, pasan por mi mente momentos que la han marcado: caminos recorridos, personas valiosas y experiencias que me ayudaron a forjar mi vida personal, cristiana y religiosa. ¡Hay tanto por agradecer! Creo firmemente en su gracia, que seguirá guiándome hacia su voluntad, tejiendo mi camino como lo venía haciendo a ejemplo de María.


​María se puso en camino; no se acomodó después de su «sí», sino que buscaba la dirección de Dios en cada paso. Esa realidad me fue interpelando durante toda esta etapa del noviciado. Me ha hecho comprender que María gesta en dos sentidos: gesta a Cristo en su interior y lo gesta para los demás. María empezaba a sentir su presencia, los cambios y el misterio de una vida nueva que no era suya y que la iba transformando. Ya no se trataba de ella misma. Y lo más bello: María se dejó perder en ese amor sin pedir más explicaciones. Así, ella me fue encaminando hacia el encuentro conmigo misma, con mi propia historia y, sobre todo, con ese Amor que me acaricia con dulzura.


​Entonces me pregunto: ¿Qué se gestó en mí? ¿Y qué he gestado yo?

​Se gestó en mí un silencio nuevo, una nueva forma de reconocer su tono de voz. Se gestó una mirada distinta, capaz de vislumbrar la inmensidad de su amor al contemplar la vida y el testimonio de cada una de mis hermanas, y al interactuar con las personas con quienes compartí gestos sencillos, como un saludo o una sonrisa espontánea. Se gestó la certeza de que no estoy sola, de que las personas a mi alrededor me sostienen a través de su fe; y esta experiencia ha consolidado en mí la seguridad de que soy profundamente amada y elegida por Él.


​Como María, sentí los cambios por dentro: dolores de crecimiento y muchas cosas que me costó soltar para poder madurar. Hubo noches de duda en las que el Señor me iba purificando de forma silenciosa y paciente, tal como se teje el ñandutí: con delicadeza, con colores de primavera y, por sobre todo, a su manera. Con el más fino hilo de misericordia me iba atrayendo hacia donde Él veía mejor; es decir, me fue moldeando sin prisas. Aprendí que Dios no se apura, sino que nos construye y reconstruye en su amor constantemente. De forma circular, como se trabaja el ñandutí, su obra nunca tiene un punto final, sino un centro firme, preparado siempre para estirarse hacia donde el tejedor quiere: hacia su voluntad. Lo que se gestó y lo que gesté no es mérito mío; es gracia. Es Él, que quiso servirse de mí nada para hacer algo nuevo.



​Y en cuanto a lo que he gestado: ha sido el abrir mi corazón sin miedo a amar, sin temor a compartir ese mismo amor y misericordia que recibo constantemente de Él. He comprendido que los votos que estamos llamadas a vivir no nos encierran, sino que anuncian una gran verdad: que la castidad habla de un amor que no se compra, que la pobreza es un tesoro que no se oxida, que la obediencia es una libertad que se entrega y la perseverancia, un círculo sin punto final.


​Que Dios me ayude siempre en este camino al que Él me ha invitado.




Myrian omi

 
 
 

Comentarios


bottom of page