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Descalzarse para caminar

hace 11 minutos
3 min de lectura

La fiesta de Todos los Santos nos recuerda cada año una verdad esencial de nuestra fe: la santidad no es un privilegio reservado a unos pocos ni un ideal lejano e inalcanzable. Es una llamada que Dios dirige a todos, una invitación a vivir el Evangelio con plenitud, dejando que su amor transforme nuestra vida y se haga presente en nuestros gestos, decisiones y relaciones cotidianas.


En este horizonte celebramos el Año Jubilar de nuestras Constituciones y Reglas que hemos empezado el 8 de septiembre de este año y el fin de semana posterior con celebraciones en varios de los lugares donde estamos. Para nosotros es una ocasión especial para hacer memoria agradecida de nuestra historia en la que Dios ha ido dejando sus huellas. Pero no es solamente una mirada al pasado. Es, ante todo, una invitación a profundizar en este don que sigue vivo y que continúa ofreciéndonos un camino de entrega y de santidad.


Descalzarse ante la tierra sagrada

Una imagen bíblica puede ayudarnos a adentrarnos más profundamente en este Año Jubilar es la imagen de Moisés ante la zarza ardiente, cuando Dios lo llama y le dice: «No te acerques aquí; quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es tierra sagrada» (Ex 3,5).

Moisés se encuentra ante una presencia que lo desborda y, al mismo tiempo, lo atrae. Dios sale a su encuentro, se revela y lo llama a una misión. Aquel lugar se convierte en tierra sagrada porque allí acontece el encuentro con Dios, un encuentro que transforma su identidad y pone en marcha un nuevo camino.



También nuestras Constituciones y Reglas pueden ser contempladas como una tierra sagrada: la tierra de un carisma, don del Espíritu Santo a la Iglesia; la expresión de una experiencia de Dios que señala un camino de vida y misión.

Descalzarse, como Moisés, es disponerse a escuchar. Es dejar espacio para que Dios vuelva a hablarnos, para que la riqueza del carisma ilumine nuestra realidad y nos ayude a descubrir nuevas llamadas en las circunstancias de nuestro tiempo.


Una experiencia que se convierte en llamada y envío

Como ocurrió con Moisés, el encuentro con Dios no nos encierra en un espacio protegido. Nos pone en camino. La experiencia de la presencia de Dios se convierte en llamada y envío, en compromiso con la vida y con las personas, especialmente con quienes más necesitan cercanía, esperanza y consuelo.


En la fiesta de Todos los Santos contemplamos la multitud de hombres y mujeres que, desde circunstancias, culturas y vocaciones muy diversas, han respondido a la llamada de Dios. Todos ellos nos recuerdan que la santidad se construye en la vida ordinaria: en el cuidado de los demás, en la capacidad de perdonar, en la búsqueda de la justicia, en la fidelidad a la propia vocación, en la acogida, en el servicio y en la confianza en Dios.

De esta manera, también nuestras Constituciones y Reglas nos muestran un camino concreto para vivir la santidad en lo cotidiano y hacer de nuestra vida un don para la Iglesia y para el mundo.


Que este Año Jubilar sea, para nuestra Congregación y para cuantos comparten su camino y su misión, una oportunidad para renovar esa llamada, agradecer el don recibido y abrirnos con esperanza a lo que Dios sigue haciendo nacer entre nosotros. Porque la tierra sagrada no es el final del camino: es el lugar del encuentro desde donde comienza siempre un nuevo envío.

 

 
 
 

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