Perdonar hasta setenta veces siete
“¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”
“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.” (cf. Mt 18,21-22)

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar Tijuana. Una tarde nos fuimos a la playa para ver la frontera entre Tijuana, México, y San Diego, Estados Unidos. Es un muro de unos 9 metros de altura que se adentra unos 100 metros en el mar para hacer imposible el paso por esta vía. Detrás del muro se ve un alambre de púas y de cuchillas. Luego un espacio libre y otro muro... Detectores de movimiento, iluminación de alta intensidad, constante vigilancia por parte de la policía fronteriza estadounidense...
Al escuchar el Evangelio de este domingo, me viene a la mente esta imagen mencionada. El no saber perdonar es como construir muros y vallas. Es alejarnos cada vez más el uno del otro. Una ofensa que ha construido el primer muro entre dos personas puede dar comienzo a otras medidas todavía más duras de separación. El dolor sufrido se va reavivando con cada recuerdo y nos pone en vela, en una tensión constante por evitar que vuelva a suceder.

A veces, tomar distancia es necesario, sobre todo si se trata de una relación tóxica. Pero tantas veces nos ofendemos por una interpretación incorrecta de las palabras o de las miradas de los demás hacia nosotros. Un pequeño malentendido despierta en nosotros la desconfianza y poco a poco la relación va desapareciendo. No queremos volver a sufrir, hacernos vulnerables y por tanto construimos un muro, cerramos con siete llaves, evitamos el contacto con la persona que nos hizo daño aunque puede ser que ha reconocido su error y nos ha pedido perdón... Nos damos cuenta que no es fácil perdonar ni una sola vez, cuanto más cuesta perdonar siete veces y todavía más setenta veces siete como nos pide Jesús.
Y eso no es todo: en otro momento, Jesús nos invita a dar el primer paso hacia nuestros hermanos si nos damos cuenta que tienen algo en nuestra contra. Debemos salir de nosotros mismos, de nuestra cárcel de orgullo para reconciliarnos con el otro, para salvar la relación. Mi amigo, Antonio, OMI de corazón, escribió sobre ello un poema. Se hacía la misma pregunta: ¿Cómo pedir yo perdón a aquel que siempre me ofende, al que no le importo nada y que nunca se arrepiente? Pero en la siguiente estrofa se responde a sí mismo con una gran sabiduría: No le daré ya más vueltas, pues aunque duela el perdón, te deja el alma tranquila y te inflama el corazón.

Con la gracia de Dios, el perdón es posible. Dios nos quiere libres y sabe que el no perdonar nos hace esclavos. Quizás a partir de hoy podemos ir – poco a poco y con la ayuda de Dios – saliendo de la cárcel de la ofensa hacia la libertad de la reconciliación, dejando de dar vueltas y confiando en el poder del perdón.

Melania omi



Comentarios