“He juzgado tu fuerza con mi debilidad”.
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Hace poco, viendo uno de los capítulos de The Chosen, escuché una frase de María Magdalena que me hizo pensar mucho: “He juzgado tu fuerza con mi debilidad”. Y no importa tanto de qué trataba el capítulo o con quién conversaba, porque esas palabras tienen una gran fuerza por sí mismas. Son de esas frases que, cuando encuentran espacio en el corazón, nos ayudan a mirar nuestra vida de una manera nueva.

Personalmente, esta frase me ha invitado a reflexionar sobre algo que sucede con frecuencia en nuestra vida comunitaria y en la misión. Compartimos el camino con muchas personas: hermanas de comunidad, niños y jóvenes, docentes, familias y tantas otras personas que Dios pone a nuestro lado. Trabajamos juntos, servimos juntos y compartimos los mismos sueños. Sin embargo, en medio de la rutina y de las diversas circunstancias de la vida, nuestra mirada puede perder profundidad. A veces dejamos de contemplar a los demás desde la mirada de Cristo crucificado, como nos recuerda nuestra Constitución n.° 4, y comenzamos a verlos únicamente desde nuestra propia experiencia.
Todos llevamos dentro alegrías y esperanzas, pero también cansancios, heridas e inseguridades. Por eso, en ocasiones podemos interpretar equivocadamente las actitudes de quienes caminan con nosotros. Cuando nos sentimos inseguros, podemos confundir la confianza de otra persona con orgullo. Cuando atravesamos momentos difíciles, podemos pensar que la alegría del otro es indiferencia. Incluso el silencio o la distancia pueden parecernos falta de interés, cuando quizá esconden luchas que desconocemos.

Pero esta realidad también nos ofrece una oportunidad valiosa, reconocer que nuestra mirada necesita ser purificada constantemente por el amor de Dios. La frase de María Magdalena nos recuerda que muchas veces interpretamos la vida de los demás desde nuestras propias limitaciones. Sin embargo, cuando somos conscientes de ello, podemos aprender a mirar con mayor comprensión, paciencia y misericordia.
Aquí recuerdo a San Eugenio de Mazenod, cuya fiesta hemos celebrado hace poco. Él se reconocía a sí mismo como un hombre frágil, con limitaciones y defectos que no ocultaba. Sin embargo, no permitía que esas fragilidades determinaran la manera de mirar a los demás.

Sabía contemplar a las personas desde la mirada de Cristo y este crucificado. Veía más allá de los errores, descubría el bien que Dios realizaba en cada persona y encontraba en la vida de los otros una invitación constante a su propia conversión.
¡Ojalá supiéramos mirarnos así! En un mundo donde tantas veces se juzga con rapidez, se etiqueta con facilidad y se pierde la capacidad de comprender los procesos de cada persona, estamos llamados a desarrollar una mirada más humana y más cristiana. Una mirada capaz de descubrir el bien que existe en los demás, de valorar sus esfuerzos y de reconocer que cada persona está recorriendo su propio camino.

Además, las personas que encontramos en nuestra vida pueden convertirse en verdaderos regalos de Dios. Muchas veces aquello que admiramos en los demás nos inspira a crecer; y aquello que nos cuesta aceptar puede ayudarnos a descubrir aspectos de nuestra propia vida que necesitan ser purificados. De este modo, cada encuentro se convierte en una oportunidad para crecer en humildad.
Por eso, quizás hoy sea bueno preguntarnos: ¿Desde dónde estamos mirando a las personas con las que vivimos y trabajamos? ¿Desde nuestras heridas y debilidades, o desde el amor de Dios? Que el Señor nos conceda la gracia de mirar como Él mira, con verdad, con misericordia y con esperanza.

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