Más lejos, más cerca

Daniela, una joven de Colombia

Hablar de este verano significa para mí hablar de un cambio tangible en mi manera de ver la vida. Después de días de preparación junto a mi hermana Camila, nos encontrabamos al fin con el momento difícil de embarcarnos por primera vez en una aventura lejos de “casa”. La incertidumbre de qué podríamos encontrar más allá de dónde creíamos que estaba nuestro limite nos tenía a la espectativa.
 
Para mi sorpresa, la mañana del 3 de agosto se convirtío en el comienzo de un viaje maravilloso y transformador. Nada más llegar a la casa de las hermanas oblatas, me encontré con un montón de caras nuevas llenas de alegría y disposición para mostrarnos paso a paso la mejor manera de vivir la experiencia.

Cuánto más lejos me creía de casa, más cerca me sentía. Ya que poco a poco fuimos estrechando lazos y conociendo un poco más de la misión y el rol de cada uno en ella. Con el paso de los días mis hermanitos y nuestras cuatro “madres”, nutrieron mi corazón con gestos de cariño y amabilidad.

La experiencia de voluntariado en Bussafu me llevó atrás en el tiempo, a cuando era una niña y veía emocionante cada detalle de la vida. Ya que, aún sin podernos comunicar con palabras fácilmente, tanto las personas mayores como quienes cuidaban de ellos, demostraron cada día su agrado, emoción y gratitud por nuestra presencia.

 

Mis compañeros en Bussafu, “mis jefes”, me ayudaron a darle un significado particular a la palabra voluntariado. Con sus acciones e invenciones lograron llenar de alegría una semana de la vida del grupo de “niños grandes” que nos reuníamos en torno a una mesa a realizar diferentes actividades para disfrutar las horas de la mañana. Con esto me demostraron el poder de la voluntad, para servir a otros y aprender de todo lo que nos rodea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muchas de las cosas que ví no me las contaron ni en los libros ni en las clases de la universidad. Por esto doy gracias a Dios por abrir mi mundo y cambiar mi mirada. Por darme la oportunidad de compartir mis días con personas tan llenas de vida que a pesar de sus tribulaciones, se embarcaron en una aventura de inmersión en otra cultura y trajeron de vuelta a España testimonios que reflejan la posibilidad de mantener un dialogo intercultural enriquecedor y transformador.

 

El padre Ángel y todos los demás presentes en Tetuán nos abrieron las puertas a sus vidas y compartieron con nosotros parte de su misión. A través de los testimonios de la comunidad, nos dimos cuenta que aún hay mucho por hacer. Y aún más importante, que está en manos de quienes tenemos la posibilidad de aportar, en cualquiera de las formas que este aporte tenga, un granito de arena para que este cambio sea posible.

A todos, muchas gracias por hacer de mi verano un sueño hecho realidad. Para ninguno es un secreto que gran parte del aprendizaje viene de casa y casa para mí fue durante dos semanas dónde mi alma fue feliz.

Una parte de mi corazón se quedó en cada una de las sonrisas que recibí durante la experiencia.

Rezamos

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